Los desafíos de las organizaciones posmodernas

Vivimos en un mundo de organizaciones. Nacemos en organizaciones, nos formamos en organizaciones, trabajamos en organizaciones y hasta después de muertos nos vemos expuestos a organizaciones. Acudimos a ellas para suplir nuestras necesidades y deseos, desde los más triviales hasta los más trascendentales.

Las organizaciones son parte integral de la sociedad y constituyen los medios para alcanzar los fines de esta última. Las organizaciones no existen para sí mismas. Son, por el contrario, órganos sociales que pretenden constituirse en instrumentos propicios para la realización de una tarea social; son un medio, no un fin.

Con el avance del capitalismo moderno, el sentido y la identidad se vuelven hechos cada vez más problemáticos y, por lo tanto, más inestables y precarios, generando en el individuo repercusiones psicológicas y morales. La modernidad ha llevado al hombre moderno a experimentar diversas crisis debidas fundamentalmente a la destrucción de los lazos comunitarios y los valores tradicionales que, en las sociedades preindustriales, mantenían a los sujetos anclados a órdenes sociales y morales sólidos y estables.

La modernización conduce a la pérdida de estos órdenes basados en una fuerte unidad social y moral, al abandono del papel central de la familia como elemento cohesionador. Se desencadena así una progresiva atomización social. El individuo, sin duda, se libera de las viejas ataduras, pero tiene que enfrentarse a nuevos retos.

Uno, es el derivado de un individualismo exacerbado que conduce al repliegue del sujeto en la vida privada. Otro, aún mayor, de caer en el anonimato. Y el resultado es que el individuo pierde tanto los anclajes tradicionales de orientación de la conducta, al dejar de hallarse sujeta a la regulación social, como a una pérdida general de sentido, de su capacidad para razonar y ser consciente del mundo exterior.

En otras palabras, importa entender por qué hacemos lo qué hacemos, cuáles son nuestras creencias y valores, y de dónde provienen nuestras actitudes y comportamientos. También importa saber cuáles son las dificultades que encuentra el hombre moderno para orientarse, construir una identidad y dotarse a sí mismo de un sistema de esquemas interpretativos y valores que le permitan conferir significado orgánico a sus acciones y unidad de propósito a su vida.

Una propuesta en esta vía sería que las organizaciones, como actores sociales, jueguen un papel clave para ligar a los individuos más fuertemente a su entorno y vincularlo a un conjunto de valores que le permitan encarrilar su existencia y otorgar significado a las acciones más cotidianas. Al mismo tiempo para mejorar su capacidad productiva, creativa e innovadora, atendiendo así tanto a las necesidades del individuo como a las necesidades de competitividad de las empresas.

En la actualidad no se ven muchos casos, pero se han dado los primeros indicios de que algo está ocurriendo en el mundo de los negocios. Algunas compañías como Google, han adoptado sistemas basados en la autogestión y autonomía, en donde sus ingenieros pueden pasar 20% de su tiempo trabajando en lo que quieran, tienen autonomía en sus actividades, de sus equipos, recursos y técnicas. Alrededor del 50% de los nuevos productos en un año típico de esta compañía han nacido de este 20% citado.

Las organizaciones, especialmente las empresariales, no deben generar solo crecimiento a sus empleados, sino ayudarlos a ser más prósperos, autónomos, autogestores, que más que planes de carrera, deben apoyarlos en la construcción y consecución de los planes de vida. Que sean un medio, más que un fin.